Decidimos hacer una excursión. No una cualquiera. Una excursión al Everest. El sábado a las 7, decidimos encaminar nuestra ruta. Ya habíamos planeado todo, billetes de avión, maletas. Ahora tan sólo quedaba cerrar la puerta de casa con llave. Llegamos al aeropuerto, nuestro avión privado nos esperaba. Después de unas largas horas llegamos al punto de nuestro destino. Nos tiramos del paracaídas en picado, y descendimos lentamente. Sin querer, noté como algo salía de mi bolsillo. ¡No! La brújula. Estábamos perdidos en el pico más alto del mundo, pero no me importaba, ya que era contigo.


No hay comentarios:
Publicar un comentario